Johan mío, mi niño, mi hijo tan querido, mi compañero, mi amigo. Mi chico de mirada franca y amplia sonrisa.
Dieciocho años compartidos.
Todos dicen, sé feliz, sé feliz por los años que tuviste con él, todos los que tienen sus hijos, todos los que no saben lo que es haberte perdido, lo que es perder un hijo. Un hijo sano, joven, lleno de vida y de futuro...Sólo quienes han pasado por esto pueden hablar de corazón y saber lo que dicen, lo que sienten.
Quienes han ansiado tener hijos y nunca han podido, de seguro han sufrido, pero quizás sea menos duro y doloroso echar de menos algo que nunca se ha tenido. Es la falta de no haberlo tenido, no la falta de haberlo perdido.
Es posible que ese vacío que nunca haya estado lleno sea más fácil de reemplazar y de llenar que el eterno vacío, que antes ha estado lleno de esa vida que hemos compartido. Porque esa vida nos ha dejado huellas, huellas físicas, en nuestro cuerpo y en todo nuestro ser.
La convivencia de 18 años es bastante tiempo, tiempo suficiente para haber creado todas esas costumbres, rutinas, tradiciones, momentos compartidos que en un segundo nos arrancan y nos dejan flotando en el espacio, sin rumbo ni destino, no hay brújula que pueda volvernos a orientar después de esa gran pérdida.
Al mismo tiempo no es nada, qué son dieciocho años cuando hubiesen podido haber sido cuarenta, cincuenta, sesenta,...cuando aún faltaba tanto por compartir.
Cuántos momentos y experiencias por vivir. Qué gran dolor, no sólo el de tu falta, el de no tenerte, sino el de tu vida, esa de la cual se te privó.

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