Johan mío,
Hace buen tiempo hoy y pienso en ti...
Recuerdo tantos momentos compartidos.
Cada estación y cambio de estación te trae a mí. Llegas con las primeras flores de la primavera, con los cálidos y soleados días del verano, con las castañas y las hojas coloridas del otoño y con los primeros copos de nieve del invierno.
Cada día soleado me remonta a nuestra casa de Örebro, con su jardín, sus flores, sus árboles frutales y los erizos, que venían y te encantaban.
Cuánto disfrutaste allí.
Hoy fui caminando a un lugar donde íbamos juntos, pasé por los mismos lugares por donde pasábamos tú y yo, y es como si al hacerlo estuvieras de nuevo ahí, a mi lado, caminando conmigo. Hablamos y te mostré un hongo gris de cemento en un jardín, las flores y el apartamento donde vivía tu tutor de la escuela, ese, que una vez que pasamos estaba en el balcón comiendo con su esposa y nos saludamos. Ese es mi mentor, me dijiste, y hablamos de él. Te gustaba, era bueno y te apreciaba mucho, tú a él también. Sabes Johan? Aún tiene la orquídea que le regalaste al terminar en esa escuela y me dice que florece mucho aún. Lo sé porque ahora trabajo en esa misma escuela donde tú estudiaste y él estaba allí, ya terminó. Decidió cambiar de oficio. Me dio tristeza, pues era una conección contigo.
Mientras caminaba, pensaba en las tantas veces que lo hicimos juntos, y pensé en cuántas conversaciones tuvimos.
Hablábamos de tu cole, de tus compañeros... y de qué tantas otras cosas? Johan mío, quisiera volver el tiempo atrás, darle cuerda al revés al reloj y volver a poder estar y hablar contigo, cuánto daría por poder hacerlo, cuánto te extraño y te echo de menos, hijo y compañero mío. Pero ahora eres mi estrella, vas a ser mi estrella, esa que me acompaña y con la que siempre hablo. No te dejo nunca, no me dejes tú tampoco niño mío. Estamos unidos por siempre, eternamente.
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