Contigo en todas partes...
Johan mío, he vuelto de Colombia, de tu otra tierra. Decías que eras sueco y también colombiano. Te integraste a ambos países, a ambas culturas, a tus dos familias, a tus dos lenguas y costumbres sin el menor tropiezo.
Te hemos pensado mucho por allí y hablado de ti, especialmente el tío Rodo, con quien siempre me he sentido muy cercana.
Tus primas ya tienen hijos, la vida sigue su ritmo y su ciclo.
Agunas noches, me sentaba en el balcón, cuando todos dormían, sintiendo la misma suave y tibia brisa y bajo la misma luna que cuando lo hacíamos tú y yo, allí, hablando y comentando sobre todo. Ambos, al igual que tu padre éramos buhos, nos cuesta acostarnos temprano.
Aún ahora, cuando pienso en ti y te veo y oigo hablando y riendo, no puedo comprender ni aceptar que no estés más.
He aprendido a sobrevivir poco a poco sin tu presencia física. Con los años el dolor va cambiando y se va arraigando cada vez más fuertemente en lo más profundo de mí.
Creo, que toda persona que haya pasado por esto, con el tiempo se da cuenta que nadie más comparte este dolor tan profundo como algunos lo hicieron en los primeros días, semanas, meses y tal vez los dos primeros años. Después, es como si les molestara, como si el traer a conversación a ese ser querido que ya no está, les fuera a dañar su tranquilidad, su armonía, su felicidad, les incomodara, o no quieren hablar de cosas tristes...
Por eso mi niño te recuerdo ahora, más que todo para mí.
Hoy arreglé una gaveta del escritorio de mi habitación donde tengo guardadas tus cosas, tus documentos, tus papeles, tus exámenes, tarjetas, dibujos...Qué tristeza! Qué desperdicio de vida. Tus exámenes y resultados eran excelentes, qué formación general increíble tenías. Tenías una lista de música, películas y libros por comprar. Estabas planeando ir después de ese verano con tu amiga Sofía a conocer los campos de concentración. Tenías varios libros sobre el tema, de política, de la segunda guerra mundial y otros más. Me imagino los ibas a leer antes del viaje. Leías mucho, lo hiciste toda tu corta vida hijo mío, era tu pasión.
No sabes mi Johan cuánto te echo de menos y las conversaciones que tendríamos. Siempre hablábamos mucho y de todo, no tenías secretos para mí, y los que me has contado, te los tengo guardados hasta siempre. Cuánto tiempo sin verte, sin oírte ni sentirte, sin abrazarnos. Qué hace que yo, que te adoraba tanto pueda sobrevivir sin ti? Jamás lo hubiera pensado, jamás lo hubiera creído. Y no sé, ni entenderé jamás, por qué fuiste tú mi niño, por qué ese cruel destino te llevó a ti, tan temprano, con todo lo que tenías por vivir y por hacer, con toda esa energía positiva y entusiasmo por la vida, con todos los planes y proyectos...
Mas nada de eso le importó al destino o tal vez se equivocó.
Un error fatal e irreversible, un error que nos dejó sin nuestro único y adorado hijo. Quién comprende la vida, quién comprende la muerte. Quién.