Te gustaban los gatos, querías uno.
Nunca lo tuvimos, tenías alergia a los caballos y para evitar complicaciones decidimos que era mejor no tener animales, a exepción de tus dos periquitos australianos, Simon y Tiger...
Ahora te doy mi sueño, te doy el gatito de mi sueño, solo para ti.
Ahora te doy mi sueño, te doy el gatito de mi sueño, solo para ti.
Mi sueño
Todo comenzó aquella noche de
un invierno gélido que helaba hasta la sangre.
Esos inviernos en que hasta el
aliento se congela.
Me desperté de pronto, en medio de la noche, y a la luz que
entraba por mi ventana, por la cual se colaba el reflejo de la nieve, lo vi de
pronto.
Allí estaba uno de los gatitos que había en mi sueño.
Era el de color azul
celeste, el que gritaba agua vante, agua vante, agua vante, mientras nadaba con
los demás gatitos.
¿Agua vante? ¿Un gato hablando?
¿Un gato azul celeste?
Los sueños aunque parezcan
ilógicos tienen algún sentido, de eso estoy segura.
Son producto de nuestras
vidas, de nuestras propias experiencias, son una combinación de nuestro mundo
consciente y nuestro subconsciente, de nuestros miedos, deseos, trabajos,
vivencias, relaciones, anhelos.
Por eso los sueños deben cumplir años, los
sueños de un niño no podrán ser jamás los sueños de un adulto, de la misma
forma en que los sueños de un músico no podrán ser los de un ingeniero o un
cocinero, de un pordiosero…
Pero ahí estaba él en la
ventana de mi dormitorio, al lado de la orquídea blanca y me miraba con su
peluda cabecita de pequeñas orejas y ojos gatunos.
Quería levantarme y llevarlo
a mi cama, acariciar su carita inocente, sentir su ronroneo, su cuerpecito azul
y tibio pero algo me lo impedía.
Era como saber que al hacerlo,
él iba a desaparecer, que no iba a estar ahí.
Me miraba con su cabecita
ladeada y silencioso, ya no gritaba, ya no hablaba.

Inga kommentarer:
Skicka en kommentar